Miguel Ríos: carretera y manta


Miguel Ríos siempre ha estado ahí, dando el callo, como dicen en nuestra tierra. Un infatigable currante del rock, un buen tipo: generoso, solidario y activo pacifista. Incombustible al desaliento, ha salido adelante incluso en los tiempos difíciles que soplaban vientos nefandos para el rock español, que le debe casi todo. Pienso que se ha ganado un gran respeto entre sus colegas y el público en general, que hay que quitarse el sombrero. Por otra parte, en sus proyectos se ha rodeado de excelentes músicos y compositores, con los que necesariamente ha de compartir este humilde e ínfimo homenaje.
Desde los tiempos de “El río”, incluida en su primer LP (1969), y, si me apuran de Popotitos, soy testigo de Tito Ríos (así le llamábamos). Con mayor o menor intensidad, he seguido su trayectoria a lo largo de todos estos años. En cada concierto, aunque fuese en una feria de algún pueblo perdido, se dejaba la vida, y se la sigue dejando. Y entonces, que yo recuerde, no éramos muchos para contarlo.

Dentro de lo que se denomina genéricamente el rock, Miguel Ríos ha tocado muchos palos musicales y ha evolucionado con los tiempos, como casi todo el mundo. El “Himno a la alegría” (1970) le vino de perlas para alcanzar notoriedad nacional e internacional, significó un revulsivo en su carrera, sobre todo económico, que no es poco; pero para mí los dos momentos cumbres de Miguel Ríos, que cierran, respectivamente, dos ciclos musicales y, quizás, vitales, son los Conciertos de Rock y Amor (1972), y el Rock and Ríos (1982); ambos grabados en directo, excelentes síntesis de sus trabajos anteriores. El primero lo disfruté en el teatro Cervantes de Málaga y el segundo en el Palacio de Deportes de Madrid. Con Rock and Ríos -su álbum más vendido- fue la apoteosis, un final feliz para un periodo prodigioso en el que grabó elepés redondos o casi como “Los viejos rockeros nunca mueren*” (1979), “Rocanrol Bumerang” (1980), uno de mis favoritos, y “Extraños en el escaparate” (1981). Fue cuando Miguel Ríos alcanzó un merecido reconocimiento multitudinario, que se hizo todavía más patente con el éxito de público que tuvieron sus conciertos de la gira “El Rock de una Noche de Verano”.
Antes del citado boom se editaron “Memorias de un ser humano” (1974), “La huerta atómica” (1976) y Al-Andalus (1977), que, como se dice en Wikipedia, tal vez sean sus discos más trascendentes y comprometidos desde el punto de vista sociopolítico. En el último, además, experimenta con la fusión entre la música arábigo-andaluza y el rock, dentro de lo que se llamó "música con raíces", muy en boga por aquella época.
Empezó muy pronto y esperemos que termine muy tarde. Salud !.





Carátula (cinta) de los Concierto de Rock y Amor
(1970)

Carátula frontal del Rock and Ríos
(1982)

 

Concierto de Rock and Ríos


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A los Hijos del Rock and Roll